Escribo sin el libro por delante y también, en este caso, sin el hacha.
Siempre he dicho lo mismo:
la calle Nicaragua. Como si este libro de ceniza y piedra se resumiese a una dirección en el mundo. Cerca de donde yo vivía frecuenté muchos años una calle que se llamaba Nicaragua, y que desde que leí la obra de Lowry pasé a frecuentarla sin necesidad de asomarme a ella. No era la calle de la novela, pero pasó a serlo porque la ceniza de la literatura se agarra a las paredes y cambia el color; si quieres volver habrás de pintar de nuevo las paredes y empezar, como el cuadro descolgado que ha marcado su estancia cuando para mudarnos, lo descolgamos y vemos una ventana de idéntico tamaño, reclamando su lugar propio, construido de un vacío más claro; él también ha vivido con nosotros, o ¿qué te creías?
Leí el libro dos veces, separadas no sólo muchísimo en el tiempo, sino en el lugar de lectura, a miles de kilómetros de la primera vez. De esta segunda visita al texto, recuerdo los sordos relámpagos sin truenos y el sudor constante, en todo el cuerpo bañado, de modo que una experiencia física quedó adherida a él, como la calle Nicaragua que empezó a ser más mía que la que yo propiamente visité, y como el perro volcado a la tumba, que también fue mi perro una vez.
Si un libro consigue hacer recordar nuestra propia historia y la mantiene, es un testigo, es un amigo y una herida prometiendo cicatriz.
Herido está mi ejemplar, irreparablemente mutilado; el libro más viajero de mi anaquel pues sólo de una vez se zampó medio mundo en la ida y la vuelta, como las cenizas volcánicas de grandes erupciones que se desplazan igual que el humo de una casa por el aire del mundo que habita.
La última página la arranqué en unos años en los que vivía frente a un jardín tranquilo, al que recientemente he regresado en forma de charla y café.
Para recuperar el cuerpo entero, observo con sorpresa, rescatada la versión original, que las palabras arrancadas siguen intactas; todo el libro está en inglés, pero estas trece palabras pegadas a mi historia como el diente a la encía, continúan impertérritas y hechas enigma en el idioma que se habla en México, de México
¿LE GUSTA ESTE JARDÍN?
¿QUE ES SUYO?
¡EVITE QUE SUS HIJOS LO DESTRUYAN!¿Cuál era la probabilidad de regresar en vida a esas palabras desgajadas de mi ejemplar que fueron siempre una erupción? Ninguna. Eso es un libro.
Jose Enrique Lopez Canti